.
Hoy comienza diciembre. Las hojas han ido cayendo casi sin ganas ayudadas por el suave viento de noviembre, llenando el suelo de tapices otoñales. Al fondo, en el horizonte, alguien ha pintado las montañas de blanco anunciando un invierno frío y nevado. En los momentos en que el sol se atreve a salir entre las nubes, ilumina un cielo de un bello azul. Es indudable que todo parece más limpio, más puro, hasta más claro.
Pero pronto, sin saber cómo, casi todas las ventanas se llenan del puto Papa Noel escalador como presagio de que se acerca irremediablemente la Navidad. Y ya son forzosas las prisas; los malditos atascos; los regalos a última hora; los anuncios de juguetes (que en la mayoría de los casos cagan y mean); el embotamiento en los centros comerciales; los obsoletos villancicos que ya sólo canta Raphael y por un módico precio; las uvas que se atragantan; el rey con su maquillado discurso; Baltasar con su mirra (que sería negro pero no tonto); la misa del papagayo y la interminable cuesta de marzo.
Supongo que ahora entenderéis porque este texto es semipoético...
.