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Todo hace presagiar una jornada inolvidable, cada cosa y cada persona está en su lugar preconcebido y nada ni nadie puede salirse de su papel, o en pocos segundos, todo puede convertirse en cenizas. El objeto negro con tres patas ocupa un lugar referencial, es el dios al que todos adoramos, su calor nos da la vida. Si no estuviera allí todo aquello dejaría de tener sentido.
Las personas, generalmente con dos patas, ocupan sus lugares sin esfuerzo, como guiados por una voz tranquila y precisa. La mujer más lejana a la juventud siempre cerca de la cocina, preparando algo de comida. El hombre con más experiencia sobre el fuego, sin miedo a quemarse, con una gorra de una visera enorme. Los más jóvenes, levantando vasos y gritos, bebiendo risas sin miedo y sin pasado.
Los pedazos se van calentando sin prisa, quizás conociendo su trágico final. Su olor lo llena todo, como una dulce muerte. El cuidador del objeto negro con tres patas se acerca a la mesa, quiere por un rato jugar a ser también joven. Mientras, los pedazos de carne saben que es su momento y urden la venganza llenos de tristeza. El instinto les ha enseñado de generación en generación. Así que, en unos segundos, se abrasan irremisiblemente.
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