viernes, 25 de octubre de 2013

Ultreia (epílogo)

Al fin, la aventura terminó de manera casi épica. Llegamos a la Catedral de Santiago el lunes 21 a las dos de la tarde, tras unas cinco horas de caminata desde Pedrouzo. Unos 20 kms bajo una lluvia insistente y por momentos fuerte.

Llegar a la Catedral, tras 28 días caminando y más de 750 kms en las piernas no es fácil. La emoción es indescriptible, no quieres ir muy deprisa para saborear el momento. La sensación sería algo parecido a llorar con una sonrisa en los labios.

Luego te vas encontrando con gente que has ido conociendo durante las etapas. Personas a las que has visto sufrir y reír. Personas que ya no esperabas volver a ver y que tras un recodo de cualquier callejuela de Santiago aparecen. Y es una mutua sorpresa, y el abrazo y las felicitaciones son muy efusivas.

Ultreia es el saludo que usaban los peregrinos antiguamente para darse ánimo, que luego se transformó por el Buen Camino ("buen cominou" para algunos guiris) que se usa ahora. Este saludo que significa 'Más allá', refleja mejor, en mi opinión, lo que es el Camino de Santiago. Es mucho más que caminar buscando un objetivo. Es tanto más, que es imposible explicarlo. Sólo pueden realmente entenderlo los que lo hayan hecho.

Una pareja de mexicanos de mediana edad que andaban con su hijo nos contaron, en una agradable y divertida charla, que era la décima vez que lo hacían. El padre, nos confesó que cuando regresaba a su tierra en avión pensaba que nunca más volvería, y que cuando pasaban dos o tres meses, sin saber el porqué, comenzaba en su cabeza a preparar el siguiente Camino.

Historias como esta hay miles. Qué misterio guarda esta ruta milenaria.No lo sé, pero recorrerla es apasionante.

Sólo se me ocurre decir una palabra para terminar este pequeño diario: ¡¡Ultreia!!

domingo, 20 de octubre de 2013

El Camino de Santiago (toda una vida)

Nuestra peregrinación a Santiago podría asemejarse a la vida de un hombre normal. Me explico.

Las primeras etapas teníamos la inocencia y la vitalidad de un niño. Íbamos descubriendo todo con gran ilusión y como si fuera la primera vez. Nos ocurría con cada albergue, cada sello, cada paisaje...

Las siguientes etapas éramos jóvenes. Teníamos mucha fuerza y un poco de experiencia, así que fuimos aumentando los kilómetros casi sin descansar. Caminábamos deprisa, éramos como balas sin freno. Sólo queríamos avanzar.

Las siguientes jornadas llegamos a la madurez. Teníamos la seguridad que otorga la edad (las etapas) y ya sabíamos como disfrutar de cada día. Aunque caminábamos grandes distancias, parábamos en los mejores lugares, seguros de no equivocarnos. Algunas situaciones y sensaciones se iban repitiendo, lo que nos otorgaba cierta tranquilidad.

Al fin llegamos a las últimas etapas, que son como la vejez de nuestra aventura. Con ellas los achaques de estas edades, los dolores y tocó frenar. Como los objetivos eran varios y unos más lejanos que otros, la experiencia y la templanza de esta edad nos hizo quedarnos con el objetivo más cercano que nos permitiría disfrutar más de nuestros últimos días. Y sobre todo, saber que terminaríamos con éxito.

Santiago está tan cerca que no nos apetece llegar, quizás allí todo se acabe... o no. Quizás todo empiece. Quién sabe.

sábado, 19 de octubre de 2013

Básicamente, eso es el Camino

Nunca pensé que me llevaría ese alegrón ayer por la noche, cuando nos encontramos con el hombre francés del bigote. El hombre que cuando Dani y yo nos quedamos sin dinero en Cardeñuelas y no nos quedaban más que dos euros para cenar, y él tras preguntarnos en un buen español si no cenábamos, y al contarle nuestra despistada historia, desapareció y al rato volvió para ofrecernos un trozo de queso y unas ciruelas.

Hacía muchos días que no le veíamos, ayer en Melide allí estaba y el subidón de alegría fue mutuo. Golpes, gritos, abrazos, sonrisas... Como si se tratara de un buen amigo al que hace mucho que no vemos.

Básicamente, eso es el Camino.

sábado, 12 de octubre de 2013

Euforia

Hoy me he despertado y he tenido la sensación de no haber caminado en los últimos 18 días y aunque me esperaba una etapa de 36 kilómetros me he sentido eufórico. No me dolían ni las piernas ni los pies.

Quizás todo se deba a haber superado momentos muy duros. Como el día que a causa de las ampollas no podía ni ponerme la bota derecha y sobrevoló por mi cabeza la idea de no poder seguir. Pero al fin pude ponerme las sandalias y terminar varias etapas de más de 30 kilómetros.

Tal vez sea por haber superado etapas con rectas de 18 kms. sin un árbol, un pueblo o una fuente. O andaderos junto a la carretera de más de 34 kms y llegar ahora a bosques recónditos.

No sé, pera esa extraña euforia, me ha hecho sentir muy fuerte, casi indestructible, más fuerte que nunca tanto física como mentalmente.

No lo diré muy alto no vaya a ser que una piedra sabionda, y con mala leche quiera darme una lección, y se ponga bajo mi pie en el momento inoportuno y toda esa euforia se vaya al garete por un mal paso.

martes, 8 de octubre de 2013

El francés que desanda el Camino

Hace tres días que nos ocurre algo extraño en el Camino. Todo comenzó el lune sobre las 11, cuando vimos un hombre a lo lejos que se acercaba hacia nosotros y que parecía estar haciendo el Camino al revés. Hasta ahí todo normal, nos dijo al cruzarnos"bon jour" y ahí terminó todo.

Pero ayer martes, más o menos a la misma hora, vi a un hombre a lo lejos que se acercaba. Caminaba con dos palos, de negro, y con una gorra clara. Al acercarse me fijé en su cara: nariz aguileña, ojos azules y tez blanca. Y su "bon jour" me recordó al del día anterior. Se lo dije a Dani para que él también se fijara en el hombre.

Hoy, a la misma hora, a lo lejos ha vuelto a aparecer el hombre. Lleva una gorra con una gran visera, hasta que no ha estado muy cerca y he oído su educado "bon jour", no se me han erizado los pelos de los brazos.

¿Alguien lo entiende?

domingo, 6 de octubre de 2013

Mi sombra y yo

Como las dos últimas etapas han sido algo aburridas, llenas de rectas eternas junto a la carretera, me he dedicado a observar mi sombra.

Por la mañana, nada más comenzamos a caminar, mi sombra es alargada y anda delante de mí, con las fuerzas renovadas y con ganas de avanzar rápidamente. Es como un chicle que trata de tirar de mí.

A media mañana ya es más pequeña, un poco más larga que yo, aún tiene fuerza y me lleva, pero lo hace en diagonal, siempre delante.

Tras la comida, mi sombra ya va a la par conmigo, debe ser que no le sienta bien caminar con la tripa llena. Va a mi derecha y su tamaño ha menguado, es como la mitad que yo.

Si por la tarde sigo caminando, ya mi sombra se ha cansado. La llevo a mi espalda, agazapada, tengo que tirar de ella. Es tan pequeña, que siento pena, y no me queda otra que buscar albergue para que mi sombra descanse, y así, coja fuerza para tirar de mí al día siguiente.

De todas formas, ahora que no me oye os confieso, que mi sombra ya no es ni la sombra de lo que fue.

martes, 1 de octubre de 2013

Caracoles

Han caído las primeras gotas de agua de nuestro Camino. Y luego al salir el sol, nuestros pasos se han sembrado de caracoles. Creo que no hay peregrino que no se haya sentido alguna vez como un caracol: con todo a la espalda y avanzando muy lentamente hacia un objetivo, que parece alejarse.

Ese tramo del Camino lo hemos hecho acompañados por tres chicos de Lleida: Laura, Montse y Sergio. Aparte de pasar dos días muy divertidos con gente genial, la visión de los caracoles les ha hecho recordar una de las fiestas más importantes de su ciudad. En ella, el plato típico son los caracoles. Estos se cocinan sobre una bandeja metálica y se condimentan. Todo bien, hasta que me contaron que al poner a los caracoles sobre el metal estos gritaban.

Creo que nunca seré capaz de comer "peregrinos". Y mucho menos de abrasarles los pies mientras chillan.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Personas del Camino

Hemos pasado dos etapas tranquilas, 43 kilómetros entre viñedos, pueblecillos y un sol de justicia.

Pero lo mejor del Camino es la gente con la que vas coincidendo durante la caminata y en los albergues. Norber es de un pueblo de Albacete, su bondad y su simplicidad apabullan. Irene es una italiana de Módena, es vegana desde hace cuatro años, no come casi de nada, ir de pintxos por Pamplona con ella es misión imposible. Adriano es un malagueño de 54 años, separado y con dos hijas, sabe como disfrutar del Camino hablando con todo el mundo y riéndose de todo. Marcelo es un brasileño que vive en Italia, es enorme y calvo, parece una esponja que va absorbiendo todo con la sonrisa siempre  pegada a los labios.

Y así podría seguir enumerando un montón de gente con la que vamos escribiendo esta historia. El Camino es una lotería que siempre toca. Y aunque la mujer pamplonica diga que lo hacemos todo mal y que no llegamos (mientras nos golpea), yo ya he disfrutado hasta aquí. Y eso me dejaría dormir tranquilo si no fuera por los ronquidos, el mal olor, los colchones viejos, la gente que se levanta a las 5....

Eso también es el Camino.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La pamplonesa agorera

Tras dos jornadas de gran belleza y cierta "relajación", tras 40 kilómetros repletos de árboles y a la vera del río Arga, hemos llegado a Pamplona.

Todo normal, una ciudad bonita y muy animada para ser un miércoles, hasta que una mujer mayor que ha visto a Dani con un mapa en la mano. Y le ha empezado a preguntar adónde íbamos y Dani ha "cantado" que estábamos haciendo el Camino.

Ahí ha comenzado la bronca con golpes incluidos. En resumen nos ha dicho que nosotros no llegamos a Santiago ni locos, que nuestra actitud no era la correcta. Luego nos ha contado que ella lo había hecho tres veces, la última con 65 años, 17 kilos a la espalda, y con nieve hasta la cadera.

Por que era mi cumpleaños, que si no... Me deja la espalda tan descujeringada por los golpes que ni de coña, como ella decía, llego a Santiago.

martes, 24 de septiembre de 2013

Espacios y tiempos

Llegar a Roncesvalles son cinco horas desde Madrid. En el coche, viendo volar los kilómetros, pensaba en los diferentes tiempos que pueden tener las cosas. El autobús de Pamplona a Roncesvalles ha sido poco más de una hora, caminando vamos a tardar dos días. A veces, las cosas pueden durar lo que tú quieras. Pero por desgracia, no siempre...

Mañana empieza de verdad nuestra aventura espacio-temporal.

lunes, 10 de junio de 2013

¿Para qué sirven las canas?

Últimamente, cuando me encuentro con alguien que hace mucho tiempo que no veo, enseguida me miran la cabeza, me observan de un lado y a otro y me dicen: ¡Joder, qué te ha pasado, estás lleno de canas! Lo extraño de todo esto, es que mi familia y amigos, también una de cada tres veces que me ven, cómo sorprendidos, me vuelven a decir: ¡Joder, qué te ha pasado, estás lleno de canas! Cosa que no negaré que me sorprende tres de cada nueve veces.

Parece ser que a cierta edad, a la proteína encargadade pintar el pelo, sin entrar en datos científicos, se les olvida pintarlo del color que tenías (debe ser que se jubilan) y entonces éste sale totalmente blanco. Si en un pronto absurdo te da por arrancarlo, la susodicha proteína, que ya tiene una edad avanzada y está llena de rencor y sinsabores, decide dejar de pintar otras dos. Esto es así desde tiempos inmemoriales, y es una teoría irrefutable por el método de la eliminación, es decir, fueron descartándose todas las demás razones que se les ocurrían por ilógicas, y triunfo ésta.

Pero volvamos a la pregunta del título: ¿Para qué sirven las canas? Aparte de que todo el mundo piense que tienes cinco o seis años más de los reales, es verdad que algunas personas opinan que otorga cierto atractivo al portador de las mismas.  Sin ir más lejos Richard Gere o George Clooney empezaron a considerarse mitos eróticos cuando se poblaron de canas. Pero también es verdad que si eres feo y te salen canas, te conviertes en un tío que parece más viejo de lo que es ysigue siendo feo. Y si encima echas tripita, llevas gafas de culo de vaso y te surca alguna que otra arruga, ya lo rematas.

Eso sí, para una cosa buena que tienen las canas, resulta que es un mito popular, porque las canas se caen de la misma forma que el pelo normal, la alopecia no distingue esas cosas. Así que seguiré buscando las ventajas de tener canas, mientras me acaricio los cabellos frente al espejo, y sin poder evitarlo miro a un lado y a otro y me digo: ¡Joder, qué te ha pasado, estás lleno de canas! Por suerte, esto sólo me pasa dos de cada ocho veces.                                                                                                          

miércoles, 15 de mayo de 2013

Deconstruyendo London

En el aeropuerto el hombre de la aduana que nos solicita el pasaporte, nos recibe con turbante indio, bastante bonito, por cierto. En la recepción del hotel la mitad de la gente es española, así que descarto al jovenzuelo inglés al que no hay manera de explicarle que necesitamos una cama más para tres noches. Ya en la habitación, al menos, descubrimos que el baño no tiene moqueta. Al mover una cama aparece un paraguas azul que alguien ha olvidado.

Nos caen las primeras gotas de lluvia, por suerte, son prácticamente las únicas en toda la semana. Agarramos el metro (¡¡mind the gap!!) y aparecemos en Picadilly Circus. Está atestado de gente, taxis, autobuses, bicicletas, luces, lugares de comida rápida, flashes, modelos ocasionales,… vamos, lo que se dice un “circus” a la inglesa. Y ni rastro de Picadilly.

Cómo me gusta Londres, joder qué frío, aunque hace sol el aire viene helado. Qué mezcla de culturas, aquí cada uno va como le da le gana y nadie le dice nada, ¡vivan los tópicos! Eso sí, el último londinense que vive en Londres no sale de casa hace mucho tiempo, así que es imposible encontrarle. Todo el mundo come por la calle, el London Bridge parece más grande por la tele (también es verdad que la tele engorda). Hay tantos, que encontré un Starbucks en el baño de otro Starbucks.



Por otro lado, un hombre con los dientes irregulares que trabaja en un autobús anticuado, no nos permite subir a la segunda planta, ¡es que no ve que somos turistas!, mientras, se come un plátano que ha sacado de un extraño habitáculo. Sin despeinarnos, pasamos del cambio de guardia por intentar que las ardillas del parque de enfrente nos quiten las cookies de las manos. El crucero por el Támesis sería mucho más bonito si fuera menos ancho, o, si en vez de llamarse así, se llamara Sena. Hacer fotos junto al río por la noche es complicado, el London Eye provoca mucho Air, y cuando ya tienes el trípode preparado para hacer la foto perfecta al Big Ben, llega un extraño personaje a intentar ponerte una multa de 50 libras, por no sé qué leches de derechos de imagen, así que al final la foto sale movida.

viernes, 5 de abril de 2013

Cuatro mini relatos de cien palabras que no ganaron ningún concurso (¡qué raro!)

Decimoquinto aniversario

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, inventé la forma de impresionarte. Todo estaba milimétricamente calculado para cuando llegaras a casa. Tras la puerta, un intrincado juego de cuerdas y poleas te trasladarían un ramo de quince rosas, y cuando lo tuvieras, otro dispositivo te llevaría el regalo que tanto deseabas, una tablet.

Me aposté al final del pasillo para ver tu reacción ante mi sofisticada sorpresa. Pero algo salió mal, ya que al recibir las rosas, la emoción te hizo correr hacia mí, intento que quedó truncado justo cuando tu segundo regalo rebotaba en tu hermosa nariz. Al menos este año he logrado impresionarte.


Becario

De la rutina insípida de su oficina a la más emocionante de las aventuras sólo hay un paso, pensaba Natalia, mientras se descalzaba e introducía su pie desnudo entre el calcetín y el pantalón de Óscar, el nuevo becario de la redacción de deportes. Era tan guapo y atlético, ensoñaba, en el mismo momento que su pie subía acercándose a la rodilla del chico, cuando notó algo duro…

Diez minutos y salgo corriendo, pensaba Óscar mientras iba cerrando todas las aplicaciones del ordenador, y observaba con estupefacción como iba perdiendo de vista a su nueva compañera Natalia. Estaba tranquilo, aunque llegue tarde al partido, pensaba, al menos ya llevo puestas las espinilleras.


Enfilado

A la cola, como todo el mundo. Gruñó el funcionario del INEM sin levantar la vista de los papeles. Así que, avergonzado, y sufriendo las extrañas miradas de las personas que atestaban la sala, me dirigí al final de la fila. Traspasé el umbral de la puerta y vi que la hilera se perdía tras la esquina del edificio. Continúe caminando hasta que llegué a los suburbios de la ciudad, empezaba a atardecer. Unas cuantas horas después, cuando vislumbre entre la neblina el cartel del límite de la provincia, cierta duda comenzó a removerse dentro de mí, mientras maduraba, que sólo había acudido a solicitar un formulario.

Hojas secas


De la rutina insípida de su oficina ya ni se acordaba mientras recorría los árboles de aquel añoso bosque de castaños. El otoño pintaba de mil colores aquellos parajes, disfrutaba del olor de las hojas mojadas y del sonido sorpresivo de las castañas al estallar contra el suelo. Y lo mejor, la compañía; la mujer con la que durante tanto tiempo había soñado caminaba a su lado, cuando recogía algún fruto, observaba con emoción la elasticidad de sus ceñidos pantalones… Miró el reloj, eran las 5 en punto, ya era la hora. Recogió las hojas, apagó el ordenador y partió para casa.




miércoles, 13 de marzo de 2013

No sin mi smartphone


El otro día llegué al trabajo y cuando eché mano al bolsillo de la cazadora, me di cuenta con gran estupor que me había dejado en casa mi smartphone. De pronto sentí sudores fríos, un pequeño ataque de ansiedad y empecé a rememorar paso a paso lo que había hecho desde que me había levantado hasta que había llegado a la oficina.

Con los nervios del momento no  era capaz de recordar nada. Un pánico repentino me hizo dudar de si lo habría perdido en algún sitio o se me habría caído en el coche. Lo vislumbré allí, abandonado debajo del asiento del copiloto (no sé por qué extraña razón, siempre que se me cae algo en el coche acaba en ese misterioso lugar). Así que agarré mi chaqueta y salí corriendo, pero por mucho que rebusqué allí no estaba.

Ya de vuelta a la oficina, intenté trabajar pero no me concentraba, mil preguntas me asaltaban a cada instante: ¿me habría llamado alguien?, ¿me estarían escribiendo algo importante por el Whatsapp?, ¿alguien habría actualizado su Facebook con algo interesante?, ¿se habrían caducado mis juegos, y habría perdido alguna partida de ajedrez por no mover mis fichas?

Estaba deseando que terminara mi jornada. En absurdos ataques de celos imaginé a mi querido aparato manipulado por otros dedos, violado por otros usuarios, invadido por otras inútiles aplicaciones o asaltado por otros horteras politonos. Incluso le imaginé bajo una carcasa rosa de Hello Kitty… Sufrí al pensar en mi pequeño cacharro mancillado de tal forma.

A mi hora salí volando para casa, entré sudando y no saludé a mi chica e hice caso omiso a los ronroneos de mi gato que como cada día venía a saludarme. Subí a mi habitación, y en mi mesilla tampoco estaba, me entraron unas terribles ganas de llorar. Le pedí a mi chica que por favor marcara mi número, y tras varios segundos de suspense el soniquete de mi móvil tintineó a lo lejos. Corrí hacia la melodía como si me fuera la vida en ello. En el bolsillo de la otra cazadora, allí estaba. ¡Qué alegría!

No me vuelvas a hacer esto pequeño, le decía a mi teléfono, mientras mis dedos acariciaban su suave pantalla y actualizaban todas las aplicaciones sentado en el sillón, eso sí, frente a la tele encendida.