domingo, 31 de enero de 2010

Cagar con copiloto

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No sé si ocurrirá en vuestros lugares de trabajo o de estudio lo que sucede en el mío y que inmediatamente paso a describiros. Antes un aviso, si sois extremadamente escrupulosos o fatalmente estreñidos, quizás, deberías dejar de leer esta entrada a partir de este momento.


Bueno, el caso es que en los servicios de mi centro de trabajo ocurre algo curioso. Los baños de los chicos, que son los que conozco aunque supongo que algo parecido sucederá en el de las chicas, constan de dos habitáculos con sendos inodoros. Entre ambos hay una pared azul con una gran abertura por abajo y por arriba.


No sé si por manía o por simple costumbre pero he observado que siempre entro en el habitáculo de la izquierda. Intento "disfrutar" de este placer algo primario en solitario, quiero decir sin que nadie se aposente en el váter de la derecha. Pero a veces por diversas urgencias o por designios del destino me he visto en la situación de tener que compartir ese momento tan íntimo con un desconocido. A ese desconocido le llamaré a partir de ahora el copiloto.


El caso es que como todos conocéis, los cuartos de baño suelen disfrutar de una extraordinaria sonoridad, y más concretamente el inodoro. Cualquier pequeño ruido se escucha como si llevaras puesto el Whisper Xl, es decir, "alto y claro". Para ser más concretos, cualquier ligero viento, tras pasar por el amplificador del inodoro, se convierte en un magnífico huracán.


Así que con la cercanía del copiloto, no te queda más remedio que sufrir el seguimiento con pelos y señales de su homóloga actividad y, claro, él de la tuya. Los ruidos se suceden, los esfuerzos, los intentos fallidos, y en algunos caso hasta los sufrimientos; y hay veces que la cosa se pone tan complicada que te dan ganas de gritarle: ¡¡Trata de arrancarlo, Carlos!! o ¡¡Por Dios, trata de expulsarlo!! Incluso a veces piensas en darle la mano por el hueco que queda debajo entre las dos cabinas para acompañarle en ese duro momento.


Luego con suerte todo se termina, alguno de los dos tira de la cisterna y se acaba esa pequeña a la par que íntima relación de unos pocos minutos, sin ni siquiera saber quién ha sido tu copiloto y si quizás ha podido sentir lo mismo que tú. Sin duda, se trata de otra relación que podía haber llegado tan lejos, pero que por desgracia, se ha truncado para siempre.
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sábado, 23 de enero de 2010

Norddinne (...y II)



Aquella noche partimos sobre los dromedarios y bajo el cielo más estrellado que jamás hemos visto, mientras dejamos a Norddinne en el albergue. Nos internamos un par de horas en el desierto, y dormimos sobre una duna a la intemperie. Al amanecer disfrutamos del paisaje y del increíble color de aquella arena casi infinita.



(Las fotos siguen siendo de Nico)


Ya a la vuelta al albergue Norddinne nos espera para seguir guiándonos a su antojo por el sur de Marruecos. Es muy pronto, deben ser las 10 de la mañana, pero el calor es sofocante, debe haber unos 50 grados. Norddine nos lleva a una aldea cercana donde hay un grupo de música Khamlia. La música de este pueblo es de origen subsahariano y fue traída por esclavos de Senegal, Sudán y Malí.

No hay nadie por la calle, parece un pueblo fantasma, pero en una de las cabañas nos esperan los músicos para darnos un concierto sólo para nosotros cinco. Y, cómo no, para invitarnos a un té y unos cacahuetes. Los seis músicos ataviados con chilabas blancas tocan varias canciones y luego nos sacan a bailar.



http://www.youtube.com/watch?v=M2J53QXBJFE


Tras este momento surrealista pero sin duda irrepetible, Norddine nos lleva a nuestro siguiente punto del viaje. Norddinne ya es uno más, ha dejado de ser el guía, quiere continuar con nosotros, aún no quiere volver a su bello oasis donde comenzó la andadura. Dice conocer gente en la ciudad a la que vamos: Tinerhir, aunque creo que dice eso de cada ciudad que pasamos, incluso de las españolas. Por el camino alguna tormenta de arena que otra y mucha conversación, mientras traspasamos el sur marroquí.

Ya en Tinerhir, en el hotel en el que hemos reservado la azotea para dormir, nos despedimos de Norddinne con mucha pena, pero conscientes de que su papel en nuestro viaje ha llegado a su fin. Nos vamos, sabiendo que él continúa con su viaje casi eterno, eso sí, sin desprenderse nunca de su camiseta roja, los ajados vaqueros, el turbante azul y sus gafas de sol.

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martes, 19 de enero de 2010

Norddinne (I)

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Norddinne vive donde le da la gana, aunque si quieres saber algo de él es fácil que te den sus datos en un hotel junto al oasis de Er Rachiddia. Lo único que teníamos claro sobre él era que nos iba a llevar al desierto marroquí de Erg Chebbi, y la verdad es que no necesitábamos mucho más.
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Aquel día madrugamos, tras una noche curiosa en la que escuchamos a Mohammed y sus colegas tocar los timbales y cantar bajo el cielo estrellado marroquí, allí apareció Norddinne con sus ajados vaqueros, su camiseta roja, sus gafas oscuras y su turbante azul. Con su buen español nos mostró su oasis, donde duerme cuando le visita su novia polaca. También nos muestra su pueblo bere-bere y mientras, nos hace un dromedario con una hoja de palma.
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Fotos de Nico Díaz Rodilla

Norddinne no tiene un todo terreno ni un gps pero conoce el mejor lugar antes de llegar al desierto para comer tajine, así que se monta en el lugar del copiloto de nuestro coche y nos lleva a aquel restaurante que resulta ser el comedor de una gasolinera.


Tras la exquisita comida partimos, el desierto nos espera. Según descendemos hacia el sur el termómetro de nuestro coche va subiendo. Alrededor vemos algunas casas, hay gente que es capaz de sobrevivir a 60 grados. Mientras, Norddinne, rebusca entre los cds y va poniendo lo que le place, lo que no le suena bien lo quita. Tiene ansía por conocer nuestros gustos, es un apasionado de la música, toca el yembe en un grupo.


Ya en las dunas que preceden el gran desierto, quiere conducir, conoce el camino del albergue donde cogeremos los dromedarios. Como no hay carreteras ni indicaciones le dejamos al volante, parece disfrutar conduciendo sobre la arena. Hay un momento que pierde el rumbo, en el desierto el sol es engañoso. Pronto lo recupera, ya en el albergue nos reciben con un té calentito. Lo tomamos con la sensación de estar sudando por dentro y por fuera. Mientras saboreamos las hierbas, anochece en las enormes dunas anaranjadas que se observan al fondo.


Nos sentamos un rato a esperar que se haga de noche para adentrarnos en el desierto con algo menos de calor. Nos reunimos con gente de muchos países. Norddinne agarra un yembe que hay por allí y junto algunos amigos empieza a tocar. Pronto Norddinne vuela, está como poseído por la música, nos mira en pleno éxtasis, pero es evidente que no está allí. Diría que su mirada da un poco de miedo. Pero el sonido de su música nos tranquiliza, suena muy bien. Todo presagiaba que aquella noche iba a ser muy larga...


(Continuará)

miércoles, 13 de enero de 2010

Un gran mal nos azota

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Un gran mal nos azota. Un sincero peligro nos aguarda. Poned cien ojos cuando caminéis por las aceras, mirad mil veces antes de cruzar cada calle, vigilad cada esquina, cada bocacalle.

No dejéis ningún resquicio a la suerte, no penséis a mí no me puede tocar o es muy difícil que me afecte, porque esos seréis los más débiles. No os confiéis nunca, el riesgo está en cualquier lugar, esperándoos, silencioso.

No os dejéis llevar por la inconsciencia, no déis la batalla por ganada. No olvidéis estas palabras, por vuestro bien, es que no comprendéis que a partir de hoy Farruquito está libre.
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viernes, 8 de enero de 2010

Ya se ha ido mi tía abuela (mi cuento de Navidad (qué pasa, ¿que Charles Dickens puede y yo no?))

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Ahora que ya han pasado irremediablemente las navidades, me parece que son como esa tía abuela que viene a visitarnos siempre en las mismas fechas, regularmente, año tras año o mes tras mes.

Es una viejecilla amante de las tradiciones, no sabe por qué, pero las sigue sin fisuras y quiere que todos los demás las sigamos. Quizás piensa que tiene esa sagrada autoridad que dan los muchos años, o se escuda en que algo que siempre se ha hecho así, así debe seguir realizándose

Bajo la mirada atenta de mi tía abuela, realizamos los ritos uno a uno, sin dejar ninguno de lado, como si de un juego de puntuación se tratase, y el que mejor siguiera sus indicaciones, ganase la partida.

Todo pasa rápido. En algunos momentos dudo de todo, me quiero bajar de ese tren al que me han obligado a subirme (entre muchas personas han comprado mi billete) pero no lo hago, o si lo hago sin que nadie se entere, a escondidas.

Al fin pasan los días y mi tía abuela parte. Su visita se ha terminado, y mientras dice hasta la próxima, ya le estoy echando de menos. Y con cierto desasosiego noto que ya no podré durante algún tiempo resguardarme bajo la manta de lana que tejió para mí, donde siempre hace calor, donde nada nunca falla.
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