martes, 19 de enero de 2010

Norddinne (I)

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Norddinne vive donde le da la gana, aunque si quieres saber algo de él es fácil que te den sus datos en un hotel junto al oasis de Er Rachiddia. Lo único que teníamos claro sobre él era que nos iba a llevar al desierto marroquí de Erg Chebbi, y la verdad es que no necesitábamos mucho más.
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Aquel día madrugamos, tras una noche curiosa en la que escuchamos a Mohammed y sus colegas tocar los timbales y cantar bajo el cielo estrellado marroquí, allí apareció Norddinne con sus ajados vaqueros, su camiseta roja, sus gafas oscuras y su turbante azul. Con su buen español nos mostró su oasis, donde duerme cuando le visita su novia polaca. También nos muestra su pueblo bere-bere y mientras, nos hace un dromedario con una hoja de palma.
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Fotos de Nico Díaz Rodilla

Norddinne no tiene un todo terreno ni un gps pero conoce el mejor lugar antes de llegar al desierto para comer tajine, así que se monta en el lugar del copiloto de nuestro coche y nos lleva a aquel restaurante que resulta ser el comedor de una gasolinera.


Tras la exquisita comida partimos, el desierto nos espera. Según descendemos hacia el sur el termómetro de nuestro coche va subiendo. Alrededor vemos algunas casas, hay gente que es capaz de sobrevivir a 60 grados. Mientras, Norddinne, rebusca entre los cds y va poniendo lo que le place, lo que no le suena bien lo quita. Tiene ansía por conocer nuestros gustos, es un apasionado de la música, toca el yembe en un grupo.


Ya en las dunas que preceden el gran desierto, quiere conducir, conoce el camino del albergue donde cogeremos los dromedarios. Como no hay carreteras ni indicaciones le dejamos al volante, parece disfrutar conduciendo sobre la arena. Hay un momento que pierde el rumbo, en el desierto el sol es engañoso. Pronto lo recupera, ya en el albergue nos reciben con un té calentito. Lo tomamos con la sensación de estar sudando por dentro y por fuera. Mientras saboreamos las hierbas, anochece en las enormes dunas anaranjadas que se observan al fondo.


Nos sentamos un rato a esperar que se haga de noche para adentrarnos en el desierto con algo menos de calor. Nos reunimos con gente de muchos países. Norddinne agarra un yembe que hay por allí y junto algunos amigos empieza a tocar. Pronto Norddinne vuela, está como poseído por la música, nos mira en pleno éxtasis, pero es evidente que no está allí. Diría que su mirada da un poco de miedo. Pero el sonido de su música nos tranquiliza, suena muy bien. Todo presagiaba que aquella noche iba a ser muy larga...


(Continuará)

2 comentarios:

  1. ¡que chulo tuvo que ser el viaje a marruecos¡ Dan ganas de irse para alli y alEjarse de este frio de Madrid. Estoy deseando leer la segunda parte de la historia.

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  2. ¡Que bien suena la noche en el desierto! Pero las temperaturas no bajan tanto como dicen las malas lenguas. Y a los neumáticos del coche les encanta hundirse en las dunas, menos mal que los bere-bere siempre están dispuestos a ayudar al viajero... Habrá que volver a ver ese lago a los pies del desierto que el sol había dejado sin agua y a practicar snow en las dunas.

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