A las 7 de la mañana comienza el ruido, en esta ocasión se trata de los Checos, son dos parejas jóvenes que viajan con dos hombres más mayores, que son polacos. El de más edad es traductor y es un hombre bastante peculiar, sobre todo por sus monstruosos ronquidos. Por la noche beben algo que huele a alcohol y hablan a gritos hasta tarde en una sala contigua al dormitorio. Y por la mañana son los primeros que se levantan, despertando a todo el mundo.
Desayunamos donde el día anterior habíamos cenado, y quedamos con la mujer en que dejaremos el dinero en Portomarín, en el estanco. Así que comenzamos a caminar un día muy nublado y algo fresco. Ya estamos cerca de Santiago y en algunos lugares la gente va dejando todo tipo de cosas como recuerdo: guantes, mochilas, e incluso algunas botas. Me pregunto cómo seguiría el susodicho peregrino caminando.
Ya en Portomarín, tras atravesar el enorme puente que sobrevuela el Miño. Pasamos por el banco, desempolvamos nuestra tarjeta de crédito, y pagamos nuestras deudas en el estanco. Mientras tomamos algo en un bar, descubro que he perdido mi palo: me tenso, sudo, me pongo nervioso; siento que he extraviado una de las cosas más valiosas que tengo y sin la que se me haría muy duro continuar. Por suerte, volvemos al estanco y allí está, apoyado sobre el mostrador. Creo que quizá haya querido desembarazarse de mí, cansado de tanto trabajo.
Ahora toca una subida de 11 kms, que de vez en cuando desciende para volver a subir. Ya muertos de hambre vemos que en el siguiente pueblo hay un restaurante, ya vamos con pocas fuerzas. En el pueblo, que parece desierto, encontramos el restaurante Casa García, entramos y huele de una manera increíble a comida recién hecha. Una mujer está sentada a la mesa, tiene cierta edad y con una extraña sonrisa nos dice que el restaurante está cerrado, que abre el día 1 de abril, ¡sólo quedan dos días! Aunque le ponemos cara de perro hambriento, sólo conseguimos que nos mande a un pueblo que hay a una hora de camino.
Salimos de allí, nos da un bajón tremendo, sentimos que no podemos dar un paso más sin comer algo, pero lo hacemos, la inercia nos ayuda, llevamos cuatro días prácticamente de pie. Por suerte al cuarto de hora vemos un bar abierto, la mujer que lo lleva nos dice muy seria que no dan comidas (otro vuelco al corazón) que sólo tiene bocadillos. Creo que es el bocadillo de lomo con queso que mejor me ha sabido en toda mi vida.
El último tramo lo hacemos con Katja , Sergio, y con un grupo de marinos noruegos un tanto extraños, uno lleva atada a la mochila una garrafa de 5 litros de agua. Comienza a llover fuerte y aunque pensábamos andar más, nos quedamos en el albergue de Airexe. Allí, con Mª Paz, la alberguera, pasamos un divertido rato charlando de todo un poco mientras termina la lavadora. Debemos ser los peregrinos más limpios de la historia, llevamos tres lavadoras en cinco días. Antes de salir ni siquiera me lo habría imaginado. Otra sorpresa del Camino.
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