viernes, 27 de mayo de 2011

Diario de un peregrino con legañas (V)

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A las 7 de la mañana comienza el ruido, en esta ocasión se trata de los Checos, son dos parejas jóvenes que viajan con dos hombres más mayores, que son polacos. El de más edad es traductor y es un hombre bastante peculiar, sobre todo por sus monstruosos ronquidos. Por la noche beben algo que huele a alcohol y hablan a gritos hasta tarde en una sala contigua al dormitorio. Y por la mañana son los primeros que se levantan, despertando a todo el mundo.

Desayunamos donde el día anterior habíamos cenado, y quedamos con la mujer en que dejaremos el dinero en Portomarín, en el estanco. Así que comenzamos a caminar un día muy nublado y algo fresco. Ya estamos cerca de Santiago y en algunos lugares la gente va dejando todo tipo de cosas como recuerdo: guantes, mochilas, e incluso algunas botas. Me pregunto cómo seguiría el susodicho peregrino caminando.

Ya en Portomarín, tras atravesar el enorme puente que sobrevuela el Miño. Pasamos por el banco, desempolvamos nuestra tarjeta de crédito, y pagamos nuestras deudas en el estanco. Mientras tomamos algo en un bar, descubro que he perdido mi palo: me tenso, sudo, me pongo nervioso; siento que he extraviado una de las cosas más valiosas que tengo y sin la que se me haría muy duro continuar. Por suerte, volvemos al estanco y allí está, apoyado sobre el mostrador. Creo que quizá haya querido desembarazarse de mí, cansado de tanto trabajo.

Ahora toca una subida de 11 kms, que de vez en cuando desciende para volver a subir. Ya muertos de hambre vemos que en el siguiente pueblo hay un restaurante, ya vamos con pocas fuerzas. En el pueblo, que parece desierto, encontramos el restaurante Casa García, entramos y huele de una manera increíble a comida recién hecha. Una mujer está sentada a la mesa, tiene cierta edad y con una extraña sonrisa nos dice que el restaurante está cerrado, que abre el día 1 de abril, ¡sólo quedan dos días! Aunque le ponemos cara de perro hambriento, sólo conseguimos que nos mande a un pueblo que hay a una hora de camino.






Salimos de allí, nos da un bajón tremendo, sentimos que no podemos dar un paso más sin comer algo, pero lo hacemos, la inercia nos ayuda, llevamos cuatro días prácticamente de pie. Por suerte al cuarto de hora vemos un bar abierto, la mujer que lo lleva nos dice muy seria que no dan comidas (otro vuelco al corazón) que sólo tiene bocadillos. Creo que es el bocadillo de lomo con queso que mejor me ha sabido en toda mi vida.


El último tramo lo hacemos con Katja , Sergio, y con un grupo de marinos noruegos un tanto extraños, uno lleva atada a la mochila una garrafa de 5 litros de agua. Comienza a llover fuerte y aunque pensábamos andar más, nos quedamos en el albergue de Airexe. Allí, con Mª Paz, la alberguera, pasamos un divertido rato charlando de todo un poco mientras termina la lavadora. Debemos ser los peregrinos más limpios de la historia, llevamos tres lavadoras en cinco días. Antes de salir ni siquiera me lo habría imaginado. Otra sorpresa del Camino.
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lunes, 16 de mayo de 2011

Diario de un peregrino con legañas (IV)

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Etapa 4. Triacastela – Ferreiros (33 kms.) 28-III-11.

Despertarse tras la paliza del día anterior y pensar que debemos caminar más de 30 kms. se hace duro. Pero al menos no llueve, aunque el cielo sigue encapotado. Los primeros pasos son siempre dubitativos, comienzas cojeando ostensiblemente y con la sensación de no poder caminar, pero poco a poco los músculos se van engrasando y a los diez minutos ya andas normal, como si no estuvieras cansado. Esto ocurre irremisiblemente con cada pequeño descanso.

Según salimos del pueblo el paisaje es de un verde tan espectacular que hace daño a los ojos. Y es entonces cuando te das cuenta que merece la pena el sufrimiento y hasta se te olvida que te duele todo. Tras un par de horas por unos parajes increíbles hacemos la primera parada en un bar, que nunca olvidaremos. Mientras tomamos un refresco se nos sienta enfrente un viejecillo tomando un vaso de vino. Todo normal hasta que el lugareño comienza con su extraño tic: se aúpa sobre la mesa, mira a un lado y a otro, hace un extraño gesto con la lengua, y se vuelve a sentar. Todo relativamente normal hasta que vuelve a repetir el mismo gesto unas quince veces más. Nos empieza a dar el ataque de risa, parece que el hombre se está despachando a gusto con sus gases. Mientras pagamos la consumición llorando de la risa, nos conformamos, al menos no huele mal.

Sigue la etapa por unos preciosos caminos y sobre la hora de comer llegamos a Sarria. comemos algo y vamos a la tienda del peregrino a comprar un saco de dormir, con tan mala suerte que la tienda está cerrada, abre en dos horas. No podemos esperar así que continuamos nuestro Camino. A la salida un hermoso puente, nos quedan unos 13 kms. Para el destino. En este trozo vamos traspasando pueblos muy pequeños, de menos de quince habitantes, también se ven algunas vacas, ovejas, cabras, perros y un fantástico olor a queso podrido aderezado por momentos con un denso olor a mierda, que tampoco falta.





Tras beber agua en una fuente, al levantarse a Dani le da un pinchazo en la pierna, nos quedan unos 6 kms. aún. A mí también me duele todo, así que la última hora y media se hace un suplicio para los dos. Al fin llegamos al pequeño albergue de Ferreiros, donde nos damos cuenta que hemos olvidado sacar dinero en Sarria. Tenemos para pagar el albergue y 3 euros más. ¡Maldito dinero, lejos de la civilización también es necesario! En un bar en la siguiente aldea con un curioso cartel: CAMAS GRATIS, le cuento la situación a una simpática mujer y lo primero que me dice es: “Aquí no te vas a quedar sin cenar”. Es de las cosas bonitas que ocurren en el Camino, nos dan de cenar y al día siguiente de desayunar y nosotros le dejamos el dinero a su nombre en el estanco de Portomarín. Junto a nosotros cenan Katja y Sergio, charlamos sobre los roncadores entre risas y volvemos al albergue. La mujer que lo cuida me dice que cuando seamos doce que cierre la puerta. Aprovechando la primera noche con el cielo despejado salgo a ver las estrellas (aunque ya las hemos visto muchas veces en sentido figurado).


Enseñanza del día: Nunca te pongas debajo de un árbol, si pretendes observar las estrellas. Comprobado empíricamente.
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miércoles, 4 de mayo de 2011

Postdata de la tercera etapa

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Antes de continuar relatando la cuarta etapa, me veo en la obligación de adjuntar algo que ha sucedido estos días, a raíz de la publicación en el blog. En aquella lluviosa etapa hablamos por primera vez con Katja, una chica suiza que luego, unas etapas más tarde os presentaré mejor ya que fuimos con ella varias jornadas. Fue en un bar en el que paramos a tomar algo, recuerdo que le comenté que hablaba muy bien el español y ella me dijo que lo suficiente para sobrevivir el Camino. Allí estaba con un chico noruego frente a una chimenea y consultando internet.






El caso es que Katja, al leer la última entrada me escribió un correo diciéndome, que ese mismo día ella se encontró un saco azul y lo había bajado al albergue. Dándose la casualidad que en Triacastela había tres albergues: el municipal, y dos privados. Nosotros dormimos en uno de estos y Katja en el otro. Así que Dani, aunque no se hubiera perdido en el ascenso nunca hubiera encontrado su saco. Y mi idea de preguntar en el albergue por si alguien lo tenía no era mala, si hubieramos tenido en cuenta que había más albergues.

Luego en el desayuno la volvimos a ver, pero nadie mencionó el tema. Y comenzamos la cuarta etapa sin sospechar que el famoso saco había dormido mucho más cerca de que nosotros pensábamos. Es evidente que aquel saco prefería quedarse allí, o quién sabe, quizás ya es la madriguera de algún otro peregrino despistado.
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