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Mi querida empresa, aprovechando la crisis y siempre pensando en sus amados trabajadores, decidió por total unanimidad, trasladarnos al simpático pueblecito de Las Rozas. Cada cambio tiene sus novedades, pero, sin duda, no hay nada tan importante como dónde dejas tus inmundicias. Por ello he decidido continuar el texto Cagar con copiloto ya que sé de sobra que este tipo de textos escatológicos gustan sobremanera.
En este caso, el baño está compuesto por tres habitáculos cerrados por todas sus partes (menos por la puerta, claro), lo que mejora sin duda la intimidad que en esos momentos se requiere. Hasta ahí bien, pero claro, no puede ser todo tan bonito, porque pronto, cuando aparece alguien en el baño contiguo empiezas a descubrir ciertas cosas, nada agradables, por cierto.
Sucede que comienzas a oír todos los procesos vitales que va siguiendo el vecino que te ha tocado en suerte y enseguida te cercioras de que las paredes que separan los habitáculos son de cartón piedra, pero del malo, vamos, que son más cartón que piedra. Tras unos momentos musicales muy cercanos a la trompeta, no sales de tu asombro, cuando el vecino decide, como la lógica también lo requiere, coger papel, y entonces aparece de los surtidores un ruido ensordecedor bastante desagradable, eso sí, muy aprovechable para mi solo de trombón.
Pero la experiencia única, es cuando decides aposentarte en el habitáculo central y la suerte o el destino se alinean para que a ambos lados aparezcan compañeros con las mismas necesidades que tú. Porque entonces se produce el que yo he bautizado como “el efecto bote sinfónico”. No ocurre todos los días, pero cuando lo hace, de forma increíble los ritmos de las tres personas se sincronizan creando una música agradable al oído y de gran originalidad. Se podría decir que la música fluye. Por eso yo siempre utilizo el baño de en medio…
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