Nunca pensé que me llevaría ese alegrón ayer por la noche, cuando nos encontramos con el hombre francés del bigote. El hombre que cuando Dani y yo nos quedamos sin dinero en Cardeñuelas y no nos quedaban más que dos euros para cenar, y él tras preguntarnos en un buen español si no cenábamos, y al contarle nuestra despistada historia, desapareció y al rato volvió para ofrecernos un trozo de queso y unas ciruelas.
Hacía muchos días que no le veíamos, ayer en Melide allí estaba y el subidón de alegría fue mutuo. Golpes, gritos, abrazos, sonrisas... Como si se tratara de un buen amigo al que hace mucho que no vemos.
Básicamente, eso es el Camino.