Como las dos últimas etapas han sido algo aburridas, llenas de rectas eternas junto a la carretera, me he dedicado a observar mi sombra.
Por la mañana, nada más comenzamos a caminar, mi sombra es alargada y anda delante de mí, con las fuerzas renovadas y con ganas de avanzar rápidamente. Es como un chicle que trata de tirar de mí.
A media mañana ya es más pequeña, un poco más larga que yo, aún tiene fuerza y me lleva, pero lo hace en diagonal, siempre delante.
Tras la comida, mi sombra ya va a la par conmigo, debe ser que no le sienta bien caminar con la tripa llena. Va a mi derecha y su tamaño ha menguado, es como la mitad que yo.
Si por la tarde sigo caminando, ya mi sombra se ha cansado. La llevo a mi espalda, agazapada, tengo que tirar de ella. Es tan pequeña, que siento pena, y no me queda otra que buscar albergue para que mi sombra descanse, y así, coja fuerza para tirar de mí al día siguiente.
De todas formas, ahora que no me oye os confieso, que mi sombra ya no es ni la sombra de lo que fue.