viernes, 5 de abril de 2013

Cuatro mini relatos de cien palabras que no ganaron ningún concurso (¡qué raro!)

Decimoquinto aniversario

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, inventé la forma de impresionarte. Todo estaba milimétricamente calculado para cuando llegaras a casa. Tras la puerta, un intrincado juego de cuerdas y poleas te trasladarían un ramo de quince rosas, y cuando lo tuvieras, otro dispositivo te llevaría el regalo que tanto deseabas, una tablet.

Me aposté al final del pasillo para ver tu reacción ante mi sofisticada sorpresa. Pero algo salió mal, ya que al recibir las rosas, la emoción te hizo correr hacia mí, intento que quedó truncado justo cuando tu segundo regalo rebotaba en tu hermosa nariz. Al menos este año he logrado impresionarte.


Becario

De la rutina insípida de su oficina a la más emocionante de las aventuras sólo hay un paso, pensaba Natalia, mientras se descalzaba e introducía su pie desnudo entre el calcetín y el pantalón de Óscar, el nuevo becario de la redacción de deportes. Era tan guapo y atlético, ensoñaba, en el mismo momento que su pie subía acercándose a la rodilla del chico, cuando notó algo duro…

Diez minutos y salgo corriendo, pensaba Óscar mientras iba cerrando todas las aplicaciones del ordenador, y observaba con estupefacción como iba perdiendo de vista a su nueva compañera Natalia. Estaba tranquilo, aunque llegue tarde al partido, pensaba, al menos ya llevo puestas las espinilleras.


Enfilado

A la cola, como todo el mundo. Gruñó el funcionario del INEM sin levantar la vista de los papeles. Así que, avergonzado, y sufriendo las extrañas miradas de las personas que atestaban la sala, me dirigí al final de la fila. Traspasé el umbral de la puerta y vi que la hilera se perdía tras la esquina del edificio. Continúe caminando hasta que llegué a los suburbios de la ciudad, empezaba a atardecer. Unas cuantas horas después, cuando vislumbre entre la neblina el cartel del límite de la provincia, cierta duda comenzó a removerse dentro de mí, mientras maduraba, que sólo había acudido a solicitar un formulario.

Hojas secas


De la rutina insípida de su oficina ya ni se acordaba mientras recorría los árboles de aquel añoso bosque de castaños. El otoño pintaba de mil colores aquellos parajes, disfrutaba del olor de las hojas mojadas y del sonido sorpresivo de las castañas al estallar contra el suelo. Y lo mejor, la compañía; la mujer con la que durante tanto tiempo había soñado caminaba a su lado, cuando recogía algún fruto, observaba con emoción la elasticidad de sus ceñidos pantalones… Miró el reloj, eran las 5 en punto, ya era la hora. Recogió las hojas, apagó el ordenador y partió para casa.