Nuestra peregrinación a Santiago podría asemejarse a la vida de un hombre normal. Me explico.
Las primeras etapas teníamos la inocencia y la vitalidad de un niño. Íbamos descubriendo todo con gran ilusión y como si fuera la primera vez. Nos ocurría con cada albergue, cada sello, cada paisaje...
Las siguientes etapas éramos jóvenes. Teníamos mucha fuerza y un poco de experiencia, así que fuimos aumentando los kilómetros casi sin descansar. Caminábamos deprisa, éramos como balas sin freno. Sólo queríamos avanzar.
Las siguientes jornadas llegamos a la madurez. Teníamos la seguridad que otorga la edad (las etapas) y ya sabíamos como disfrutar de cada día. Aunque caminábamos grandes distancias, parábamos en los mejores lugares, seguros de no equivocarnos. Algunas situaciones y sensaciones se iban repitiendo, lo que nos otorgaba cierta tranquilidad.
Al fin llegamos a las últimas etapas, que son como la vejez de nuestra aventura. Con ellas los achaques de estas edades, los dolores y tocó frenar. Como los objetivos eran varios y unos más lejanos que otros, la experiencia y la templanza de esta edad nos hizo quedarnos con el objetivo más cercano que nos permitiría disfrutar más de nuestros últimos días. Y sobre todo, saber que terminaríamos con éxito.
Santiago está tan cerca que no nos apetece llegar, quizás allí todo se acabe... o no. Quizás todo empiece. Quién sabe.
¡Muy bueno, Miguelone!
ResponderEliminarAl llegar a Santiago empieza todo, te reencarnas en otra persona mejor predispuesta a la espiritualidad.
¡Te lo juro por la cobertura de mi IPhone!!