Han caído las primeras gotas de agua de nuestro Camino. Y luego al salir el sol, nuestros pasos se han sembrado de caracoles. Creo que no hay peregrino que no se haya sentido alguna vez como un caracol: con todo a la espalda y avanzando muy lentamente hacia un objetivo, que parece alejarse.
Ese tramo del Camino lo hemos hecho acompañados por tres chicos de Lleida: Laura, Montse y Sergio. Aparte de pasar dos días muy divertidos con gente genial, la visión de los caracoles les ha hecho recordar una de las fiestas más importantes de su ciudad. En ella, el plato típico son los caracoles. Estos se cocinan sobre una bandeja metálica y se condimentan. Todo bien, hasta que me contaron que al poner a los caracoles sobre el metal estos gritaban.
Creo que nunca seré capaz de comer "peregrinos". Y mucho menos de abrasarles los pies mientras chillan.
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