Buscaba un lugar para huir de la rutina y encontré esta diminuta isla virtual donde perderme. Aforo ilimitado. Entrada gratis.
miércoles, 13 de marzo de 2013
No sin mi smartphone
El otro día llegué al trabajo y cuando eché mano al bolsillo de la cazadora, me di cuenta con gran estupor que me había dejado en casa mi smartphone. De pronto sentí sudores fríos, un pequeño ataque de ansiedad y empecé a rememorar paso a paso lo que había hecho desde que me había levantado hasta que había llegado a la oficina.
Con los nervios del momento no era capaz de recordar nada. Un pánico repentino me hizo dudar de si lo habría perdido en algún sitio o se me habría caído en el coche. Lo vislumbré allí, abandonado debajo del asiento del copiloto (no sé por qué extraña razón, siempre que se me cae algo en el coche acaba en ese misterioso lugar). Así que agarré mi chaqueta y salí corriendo, pero por mucho que rebusqué allí no estaba.
Ya de vuelta a la oficina, intenté trabajar pero no me concentraba, mil preguntas me asaltaban a cada instante: ¿me habría llamado alguien?, ¿me estarían escribiendo algo importante por el Whatsapp?, ¿alguien habría actualizado su Facebook con algo interesante?, ¿se habrían caducado mis juegos, y habría perdido alguna partida de ajedrez por no mover mis fichas?
Estaba deseando que terminara mi jornada. En absurdos ataques de celos imaginé a mi querido aparato manipulado por otros dedos, violado por otros usuarios, invadido por otras inútiles aplicaciones o asaltado por otros horteras politonos. Incluso le imaginé bajo una carcasa rosa de Hello Kitty… Sufrí al pensar en mi pequeño cacharro mancillado de tal forma.
A mi hora salí volando para casa, entré sudando y no saludé a mi chica e hice caso omiso a los ronroneos de mi gato que como cada día venía a saludarme. Subí a mi habitación, y en mi mesilla tampoco estaba, me entraron unas terribles ganas de llorar. Le pedí a mi chica que por favor marcara mi número, y tras varios segundos de suspense el soniquete de mi móvil tintineó a lo lejos. Corrí hacia la melodía como si me fuera la vida en ello. En el bolsillo de la otra cazadora, allí estaba. ¡Qué alegría!
No me vuelvas a hacer esto pequeño, le decía a mi teléfono, mientras mis dedos acariciaban su suave pantalla y actualizaban todas las aplicaciones sentado en el sillón, eso sí, frente a la tele encendida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Lo de Hello Kitty no tendría nombre! No me imagino nada peor para mi smartphone. Antes sin batería que tamaña humillación.
ResponderEliminarSolo hay algo peor... Llevarte el móvil y olvidar el cargador!
Un día sin tu pequeño gadge,eso no es nada!! Paga 20€ por ir con la bici a recorrer taitantos km de puro barro en la sierra, bajo una lluvia atroz y un frio endemoniado, para descubrir al terminar que tu querido telefonolisto se ha ahogado y no respira... si me hubieran amputado un brazo no me sentiría tan mal
ResponderEliminar