Hemos pasado dos etapas tranquilas, 43 kilómetros entre viñedos, pueblecillos y un sol de justicia.
Pero lo mejor del Camino es la gente con la que vas coincidendo durante la caminata y en los albergues. Norber es de un pueblo de Albacete, su bondad y su simplicidad apabullan. Irene es una italiana de Módena, es vegana desde hace cuatro años, no come casi de nada, ir de pintxos por Pamplona con ella es misión imposible. Adriano es un malagueño de 54 años, separado y con dos hijas, sabe como disfrutar del Camino hablando con todo el mundo y riéndose de todo. Marcelo es un brasileño que vive en Italia, es enorme y calvo, parece una esponja que va absorbiendo todo con la sonrisa siempre pegada a los labios.
Y así podría seguir enumerando un montón de gente con la que vamos escribiendo esta historia. El Camino es una lotería que siempre toca. Y aunque la mujer pamplonica diga que lo hacemos todo mal y que no llegamos (mientras nos golpea), yo ya he disfrutado hasta aquí. Y eso me dejaría dormir tranquilo si no fuera por los ronquidos, el mal olor, los colchones viejos, la gente que se levanta a las 5....
Eso también es el Camino.
Qué razón, siempre toca.
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